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Los monstruos de piedra (1957)

13/02/2014

Monolith
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Jack Arnold es uno de los grandes nombres de la ciencia ficción de los años 50. Dirigió películas como La mujer y el monstruo, Vinieron del espacio o El increíble hombre menguante. Arnold está directamente relacionado con esta película que comentamos hoy, aunque deja la silla de director y se convierte en responsable del guión.

Cerca de un pueblecito de California, un meteorito se estrella y se hace añicos. El geólogo Ben Gilbert (Phil Harvey) junto a un periodista del lugar llamado Martin Cochrane, cogen una muestra para examinarla. Por la noche, el viento tumba un recipiente con agua encima de la roca y esta hace una extraña reacción química. A la mañana siguiente, el jefe del departamento de geología Dave Miller (Grant Williams) encuentra a Ben en su casa en estado petrificado.

Mientras, la profesora Cathy Barrett (novia de Dave) lleva a sus niños a una excursión por el desierto, donde una niña recoge uno de los pedazos del meteorito, de color negro, y se lo lleva a casa. Más tarde, el mismo día, Cathy, Dave y el jefe de policía Dan Corey se acercan a la granja donde vive la niña y descubren que esta se encuentra sepultada bajo un montón de rocas negras, los padres de la niña muertos y ella en estado catatónico.

Pronto descubren que los fragmentos de roca se alimentan del silicio de todo lo que tocan, crecen hasta convertirse en gigantescos monolitos que, por efecto de la gravedad, caen al suelo haciéndose añicos y así se expanden, poniendo en peligro no solo el pequeño pueblo de San Angelo, sino el planeta entero. Por si fuera poco, la niña rescatada de la granja poco a poco se va quedando petrificada, y morirá en cuestión de horas si no encuentran un remedio.

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Esta película trae una innovación interesante respecto a otras del subgénero de las amenazas alienígenas. En esta ocasión no se trata de un monstruo gigante que va creando el caos y la destrucción allí donde pasa; una bestia que se mueve por instinto y que el único modo de detener es acabando con ella. Se trata de un objeto totalmente inanimado sin movimiento propio que simplemente se reproduce a base de esparcirse de forma casual.

Esto permite que la ciencia de un golpe de mesa en la trama de la película y nos alejemos de extrañas y sospechosamente ilógicas teorías acerca del orígen de algo y pasemos a la explicación de su crecimiento y evolución. El agua, en este caso, es la encargada de hacer que los fragmentos de roca crezcan hasta llegar a alturas que, por la propia gravedad, caigan por su propio peso.

El aporte de los personajes es el de la frutración ante la falta de conocimiento de lo que ocurre y de cómo detenerlo. Esto le da un matiz más realista y desprovee a los protagonistas científicos de habilidades equiparables a los superpoderes (en este caso, mentales), y nos recuerda que muchos descubrimientos científicos de los que nos beneficiamos hoy día fueron realizados de pura casualidad o por error.

Se trata de una película en la que nada (o casi nada, porque la perfección tampoco existe) se tambalea: un guion muy bueno, una trama interesante, unos efectos especiales cuidados y trabajados (a excepción de cierto momento con cierto torrente de agua que, en efecto, no es agua) y unos actores que cumplen perfectamente su papel.

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