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La Garra Gigante (1957)

02/11/2013

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Además de los viajes espaciales, los años cincuenta se caracterizaron por el miedo a una posible infiltración comunista en los estamientos más importantes y mediáticos de la civilización occidental. Muchas películas plasmaron este sentimiento de “puede pasar en cualquier momento” con invasiones provinentes de lugares más lejanos y desconocidos.

Mientras participa en la prueba de un nuevo sistema de radar para el ejército estadounidense, Mitch MacAfee, ingeniero electrónico, detecta un objeto volador no identificado que viaja a gran velocidad. El ejército se pone en movimiento pero al principio no detecta nada, y lo achaca a una falsa alarma y a alucinaciones del experto. Pero pronto empezarán a recibir reportes de aviones que desaparecen por la zona donde MacAfee lo vió.

El ejército intenta destruir al objeto, que en realidad es un gigantesco pájaro, sin éxito. Ni los misiles ni las balas le hacen nada, mientras los aviones de combate caen a su paso. El doctor Karol Noymann, tras investigar los restos de los aparatos caídos, descubre que la criatura posee un escudo invisible de antimateria que destruye los objetos al contacto.

Junto a la matemática y analista de sistemas Sally Caldwell, MacAfee regresa a la ciudad en un avión del ejército, cuando de repente el objeto le ataca y el avión se estrella. Por fortuna, ambos sobreviven y son rescatados por un lugareño. Éste, les explica la leyenda de un ser con alas gigantes, cabeza de león y cuerpo de mujer que aparece en las noches de tormenta y que verlo es una señal de muerte.

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No se trata de una película mala, mal planteada o cutre. La trama, aunque genérica, es aceptable; el guión, aunque demasiado técnico en cuestiones físicas, decente; y la fotografía, muy buena. Los actores se meten de lleno en sus personajes, e incluso se dice que Jeff Morrow (el protagonista) hace gala de su mejor repertorio como actor. Se trata, pues, de una película que, sin ser tampoco una de las grandes producciones de la época, es correcta.

Sin embargo lo que hace desmerecer a la película y la convierte en un clásico del culto cutre es el propio monstruo en sí. Se suponía que su diseño debía encargarse nada más y nada menos que al legendario Ray Harryhausen, pero el bajo presupuesto obligó a hacer el encargo a un estudio mexicano, con los resultados que se pueden observar.

Según cuentan los anecdotistas, cuando Jeff Morrow acudió al estreno de la película en su pueblo natal, aún no la había visto terminada con las escenas del monstruo, las cuales se rodaron posteriormente (los actores tuvieron que “fingir” que la criatura estaba allí), y que cuando éste hizo la primera aparición en escena, el público estalló en una sonora carcajada y Morrow abandonó el lugar con discreción y vergüenza.

Una película que, si bien no aportó nada nuevo al campo de la ciencia ficción y los monstruos gigantes, es aceptable y garantiza risas con la gran ave asesina.

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